El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos

Epícteto

Estudié las distintas maniobras para deshacerme de su esclavitud: poco sirvieron los argumentos de psicología, los reproches, las palabras vulgares a los cuatro vientos; mis intenciones por terminar el drama que me ocasionaba ella resultaban negativos, pero no podía perder tiempo en esta oportunidad.

Una tarde de verano, después de terminar mi labor en la universidad, me asilé en la alegre parranda del Club de Baco. Mientras me tomaba el tercer o cuarto Tom Collins me puse a detallar el problema en que me había sumergido hacia el estallido de los placeres. La certeza de que mi propio carácter había colocado una guillotina alrededor de mi existencia me ocasionaba cierto malestar y al mismo tiempo me llevó a entender algunos asuntos que escapaban de mi conocimiento. Entre probar y buscar soluciones a todo nada pude hacer. De tanto examinar una y mil veces la situación llegaba al mismo resultado: la lujuria me estaba tendiendo un serio tropel de enredos, por eso las probabilidades de salir airoso no formaría parte de mis errores matemáticos. Terminé aceptando la maestría de mi confabulación: ella acabaría siendo víctima de sus planes malévolos sin oportunidad alguna de liberarse de su maldad, le brindé la misma alternativa que en los mejores momentos supo manejar, y ahora que su cuerpo blanco tanto sentimiento causaba en mi comportamiento, ahora que no me podía manejar a su antojo como un monigote, debería convertirme en el más hábil jugador para deshacerme de su influencia.

Debería trabajar con mucho cuidado, pues ella conocía desde la a hasta z los más recónditos pensamientos de mi cabeza. Sin embargo, un extraño capricho me detenía en mi invención: la destreza que ella manejaba en el dominio del kamasustra tenía otro impedimento preciso, el aroma mágico del sándalo en su piel, lo suave de su larga caballera, el lenguaje de las caricias, la libertad en la cama. Desde el principio, su poder de hechizarme se iniciaba con una ceremonia seductora ignorada por mí, el deshojarse de cada vestidura, la dulce fantasía de cada movimiento coordinado pasivamente: la forma extraordinaria de despojarme de la ropa terminaba cediendo mi aplomo de hierro.

Tuve la habilidad de realizar una maniobra apropiada, sencilla y eficiente. Ignoré en todo momento cualquier ruptura traumática, pues una batalla salvaje podía levantar claras sospechas de repudio de los familiares, allegados y amigos. No me niego a pormenorizar las alternativas que me obligaron a saltar encima de ella como un animal irracional para disfrutar de las riquezas innumerables de su cuerpo y terminar atado al calor de su piel como un loco por una simple insinuación. Era la copia al carbón de Diosa Canales sin ánimo de exagerar. Terminé haciendo una simple carta, tomé un papel de block corriente y con el alfiler pinché un dedo para utilizar la sangre como tinta.

El día del rompimiento me levanté cuando cantó el gallo tres veces, tomé un largo baño y la miré como si se tratara de la primera y última vez buscando un pretexto inexistente. Mi actuación no debía dar motivos a ninguna sospecha. Me puse la ropa de la primera cita y sin molestar a mi amante, salí sin hacer ruido para no despertarla. Entonces no dijo nada, no me porté como un caballero al abandonar la habitación sin despedirme: ni siquiera sintió mi mano deslizándose por sus nalgas al descubierto o mi manía de quitarle la cobija con sumo cuidado y darle un beso en los senos. En la calle se extendía el bullicio de los carros con su polifonía de cornetas altas y graves, los peatones apresurados y como siempre alterados; los pregoneros anunciando las noticias del día anterior. Un compañero de clase me vio y se paró para ofrecerme la cola. “El secreto de la felicidad es tener gustos sencillos y una mente compleja, el problema es que a menudo la mente es sencilla y los gustos son complejos”, pensé o creí haberlo visto en alguna obra de Fernando Savater, y con mucha decisión me acomodé en el puesto trasero porque el carro estaba casi lleno, adelante estaba la novia de mi compañero de clase y a mi lado una joven de la Escuela de Arte que mostraba parte de su anatomía para llamar la atención de todo el mundo. Desnuda debería ser una mujer extremadamente perfecta.

Notas sobre la novela de Miguel de Cervantes, el almuerzo en los tarantines de los alrededores de la universidad, la lamentable noticia de la muerte inesperada de la estudiante de Comunicación Social, las rabietas de la profesora de Morfosintaxis del Español, se unen en la parsimonia de una jornada común y corriente. Y de todas maneras, la rutina del día me lleva a la entrada de la habitación; veinte o más escalones hacia el primer piso; la botella de caballito frenado envuelta en una bolsa de papel, escondida entre los bolsillos de la chaqueta; podría un agente policial confundirla con un armamento, un artefacto explosivo o simplemente con un pan campesino. Frente a la puerta de madera acomodo el número que siempre está volteado o al revés mejor dicho, toco tres veces pausadamente y una mano blanca se desliza en la oscuridad del pasillo y mi cuerpo se deja llevar por el extraño paraíso de la exótica habitación. En el interior de la habitación todo es distinto. Cada objeto está colocado metódicamente en su lugar; los detalles de una mujer ordenada se dejan sentir. Enciende la luz y la mujer está con un kimono de seda transparente, se ve tan hermosa y perfecta como las damas de compañía de las páginas de internet; me mira con familiaridad y en su rostro puedo descubrir vestigios de un encuentro fortuito con otro cliente; sus ojos están achinados, ella se ha acostumbrado al amparo de una luz tenue y cenital, yo me dejo llevar por su territorio. Me despoja de la camisa primero, luego de los pantalones, las medias y la ropa interior, colocando la botella sobre una peinadora donde tarda más de la cuenta peinándose y haciéndose un ligero maquillaje. Se ríe maliciosa al imaginar el breve tratamiento que me tiene reservado. Me toma por el pene y se endurece como un tronco: puedo sentir un sobresalto insólito en ella. El primer movimiento debe soportarlo ella en medio de un leve quejido: la sorpresa del tamaño bastará para causarle cierto temor, y sus ojos, inundados de lágrimas, se cerrarán con el movimiento brusco en su interior. Con la inexperiencia de un joven de mi edad me lanzó con cierta lentitud y me la pongo arriba como en las películas triple x, y un momento antes de que el falo comience el ayuntamiento, puedo ver las lágrimas, cayendo sobre mí, los labios de la vagina lubricados, el oleaje sencillo de un miembro accionando el uno con el otro.