En la ciudad donde vivo, siempre se encontraron grandes intelectuales, pernoctaron fugazmente, vieron la belleza de la misma, encontraron suficientes hallazgos para alguna composición literaria y manifestaron su apreciación sobre la urbe con transparentes argumentos, indagaron sobre elementos históricos hasta alcanzar una visión mítica de la misma.
Así aumenté mi capital literario, una mañana de invierno cuando entré a la desaparecida Librería Blanca Nieve en la casa del Marqués del Toro, cuando el librero de cuyo nombre no puedo acordarme colocó una colección de la editorial Seix Barral de Pablo neruda.
En la Escuela Fe y Alegría del Valle, en Caracas, tuve la oportunidad de conocer a los clásicos de las letras de los distintos continentes, durante las lecciones de lecturas entre los exquisitos textos del Libro Sagrado se articularon escritos de Lewis Carroll, Miguel de Cervantes, Charles Dickens, Alejandro Dumas, Aldous Huxley, Mark Twain, Walter Scott, Herman Melville, Daniel Defoe, entre otros. Invadía de esta manera, para placer de mi madre Maruja, de los elementales escritores venezolanos y de las películas de Walt Disney incluyendo su inspiración en los cuentos de Hans Christian Andersen, Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, Jacob y Wilhelm Grimm, en el delta infinito de la literatura, en los códigos de la lingüística; me introducía en ese espacio, en esa materia enriquecida que se consume sin ataduras y que no se puede abandonar.
Hasta ese instante sólo había logrado alcanzar lo que se puede llamar una adición hacia la lectura de todo género literario y posteriormente comenzaron los primeros ensayos en la poesía, ideas aisladas de las cuales no conservo alguno sino aquellos que me publicó Julio Jáuregui en una revista del Colegio de Médicos del estado Aragua.
Poco tiempo después de vivir en Caracas me trasladaron a La Victoria; el sentido de mi presencia en dicha ciudad se situaba frente a una casa antigua con fantasmas de distinta naturaleza y una fuente inagotable para explotarla en futuros trabajos narrativos: mi abuela Emma me recibía en aquel hogar con todo su cariño.
Creo que fue Fidel Castro quien ya en el periódico Gramma había hecho un comentario sobre Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, una novela que traía Gloria Araújo como un trofeo de los regalos de cumpleaño que recibió en una agencia de festejos de manos de la profesora de Castellano y Literatura, de su interés por los autores revolucionarios y de alguna información recibida de las páginas literarias de los diarios capitalinos. descubrí de inmediato, con esa intuición certera que se tiene como principiant, que esa obra iba a formar parte importante en lo que yo escribiera más adelante, que el legado creador del autor y sus personajes iban a ser un modelo, que casí había encontrado en algunas obras de William Faulkner, es decir de una suerte de imfluencia.
Las tertulias con amigos del partido de izquierda, provechiosas y dialécticamente demótica, me había conducido hasta el mundo prodigioso que proporcionaba el humanismo de Jorge Luís Borges. De parte de Mundi recibí información de los estructuralistas franceses, cosas de Octavio Paz, Michel Foucault, Francis Fukuyama, Jürgen Habermas y de una librería itinerante los extremos de la novela gótica.
Julio Jáuregui me dio algunas indicaciones para mejorar ciertas cosas y Juandemaro Querales en su taller literario para jóvenes estudiantes de educación superior me hizo madurar algunas inquietudes como una serie de contradicciones. Comprobé que escribir no era juntar palabras, desarrollar una situación y contar cierta experiencia.
Debo a esa revelación las cosas que he ido creando hasta el momento empleando técnicas apropiadas del lenguaje formal, la filosofía y las escrituras dejadas por Homero, Virgilio, la literatura bizantina o los aportes más recientes.
Escribir, hoy prace una cuidadosa experiencia, es un ejercicio cotidiano para estar sincronizado con la fórmula axiomática del idioma. También el arma más elocuente, la más subversiva, la que de modo más explicito desprende la esencia del pensamiento, el fundamento de nuestra capacidad para contar nuestra percepción de la realidad sin ataduras.